Tratamiento de la fiebre, mejores consejos

Una primera cuestión a plantear es la de si es necesario y hasta conveniente hacer descender la temperatura en caso de fiebre. Dos serían los argumentos en contra de una actitud demasiado impaciente en este sentido. Por una parte, la fiebre no es sino la expresión de un medio elemental de defensa orgánica contra las infecciones: la elevación térmica del organismo contribuye a la destrucción de un buen número de gérmenes; algo similar a lo que sucede con la esterilización mediante calor de productos alimenticios. Por otra, la fiebre con sus oscilaciones naturales y su nivel es un dato de primera magnitud para el diagnóstico de muchas enfermedades. Según estos dos argumentos la fiebre es más una ayuda al enfermo y al médico que una verdadera enfermedad que haya que tratar a toda costa y con premura.

Tratamiento de la fiebre

Ahora bien, en cuanto al valor curativo per se de la fiebre, nuestro actual arsenal terapéutico lo hace innecesario por más que sea «natural». En lo que se refiere a su valor diagnóstico el asunto tiene mayor trascendencia y nos debe hacer más cautos a la hora de eliminar tan buena ayuda. No podemos ni debemos fiar todo el diagnóstico en análisis y otras pruebas complementarias, falta que tiñe con exceso la práctica médica de nuestros días, antes bien hay que aprovechar las señales que el propio organismo nos muestra. Esto no es, al cabo, sino una ponderación de los eternos métodos de la historia clínica y la meticulosa exploración del enfermo.

Pero hechas estas consideraciones y una vez recogido el dato de la fiebre y de sus características, se ha de acudir a la resolución de un síntoma desagradable que constituye muchas veces la principal molestia del paciente y más cuando se trata de niños. Ni que decir tiene que se debe atender al tratamiento de la enfermedad causal, sea infecciosa o no; pero esto corresponde al pediatra y yo quiero aquí resaltar las medidas que pueden turnar los padres, útiles para cualquier proceso febril, coadyuvantes con el tratamiento específico y, por supuesto, no excluyentes de él.

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Una primera actitud debe atender a los medios físicos para bajar la temperatura. El organismo febril se puede comparar a una máquina que consume energía en grandes cantidades y que produce un calor que debe ser eliminado fundamentalmente a través de la piel. Pues bien, con este símil mecánico se entiende mejor que a ese organismo habrá que proporcionarle por un lado combustible, por otro refrigeración. El combustible que utiliza el organismo son los hidratos de carbono y la refrigeración la obtiene de forma natural con la irradiación del calor hacia el ambiente y evaporando el agua del sudor.

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Por tanto, la primera medida consistirá en proporcionar al niño con fiebre gran cantidad de agua con algún hidrato de carbono, simplemente azúcar, en forma de zumos o infusiones. De forma simultánea hay que favorecer la pérdida de calor. Se evitará abrigar al niño —un defecto muy extendido consiste precisamente en cubrirlo con mantas u otras prendas gruesas creyendo que de esta forma se elimina la «tiritona»—, dejándole con la menos ropa posible, incluso desnudo, siempre que el ambiente de la habitación esté templado. Se aplicarán compresas húmedas a los pliegues cutáneos, frente y extremidades; y se recurrirá al baño completo con agua tibia durante unos minutos secándole luego por simple contacto, sin friccionar. Esto último suele repeler a una mayoría de familiares que consideran el baño como terriblemente peligroso para un niño con fiebre. Sin embargo, cuando cualquier objeto se calienta en exceso nada hay más eficaz que humedecerlo para que se enfríe; otro tanto sucede con el cuerpo humano: la inmersión en agua a 34-36°C permite a la piel desprenderse de una enorme cantidad de calorías.

La utilización de alcohol en forma de friegas debe ser desaconsejada puesto que cualquier fricción sobre la piel no hace otra cosa que aumentar su temperatura. Por otro lado se han descrito casos de niños intoxicados por los vapores alcohólicos desprendidos durante esta maniobra.

Como realizar tratamiento durante fiebre

De modo que este primer bloque de medidas contra la fiebre podemos resumirlo diciendo: agua por dentro y agua por fuera.

En cuanto a los productos farmacológicos, el más utilizado universalmente es el ácido acetil-salicílico —don Gregorio Marañón hablaba de la «santa aspirina»—. Es, efectivamente, el más inocuo de los preparados antitérmicos, aparte de sus muchas otras acciones: antiinflamatorio, analgésico, etc. Sólo estaría contraindicado su uso en las alergias conocidas al producto y en ciertas infecciones víricas como la varicela que comentaré en el capítulo correspondiente. Siempre se debe administrar con algún alimento para evitar que lesione la mucosa del estómago y la dosis —prescrita por el médico de acuerdo con la edad del niño, su peso y la enfermedad padecida— se puede repetir cada cuatro o seis horas si persiste la fiebre.

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El paracetamol ocupa el segundo puesto entre los medicamentos antitérmicos y poco a poco va acercándose en su utilización al ácido acetil-salicílico. Asocia también efectos analgésicos y antiinflamatorios similares a éste. Su aplicación está facilitada por las múltiples formas de presentación —gotas, supositorios, jarabe—. Debe evitarse su administración prolongada o a dosis altas por el riesgo de provocar alteraciones hepáticas.

El más reciente producto introducido en la medicación antifebril es el ibuprofeno. Se trata de un derivado de algunos antirreumáticos que tiene amplias propiedades contra la fiebre, el dolor y la inflamación.

Para finalizar este capítulo quiero resaltar ante los padres y familiares lectores la idea esencial de que la fiebre no es por sí misma una enfermedad sino sólo un signo o síntoma. Su presencia en el niño no tiene por qué provocar ansiedad o angustia ni llevar a una apresurada e incontrolada medicación. Calma, pues; saber aguardar un tiempo prudencial observando otros posibles síntomas del paciente; y no esperar ni exigir medidas terapéuticas muchas veces innecesarias —por ejemplo, antibióticos— sino aplicar medios sencillos siempre que el pediatra no considere otra cosa.

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